Fidel CASTRO | Arquitectura Socialista




Fidel CASTRO
Discurso pronunciado en la clausura del VII congreso
de la Union Internacional de Arquitectos

La Habana | 3 de octubre de 1963

Señores de la presidencia, delegados e invitados :

Hace varios años ya surgió la idea de efectuar en nuestro país este Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos. Ciertas circunstancias surgieron en el trayecto, que dificultaron, o crearon algunas dificultades para la celebración del congreso en nuestro país. De eso no tiene la culpa nadie; ni la tiene la Unión Internacional de Arquitectos, ni siquiera la tenemos nosotros, surgió la Revolución en Cuba (APLAUSOS).


Y ya todos sabemos lo que son las revoluciones, y por tanto, comenzaron a surgir dificultades, comenzaron a surgir algunos elementos interesados y presiones a fin de que el congreso no se efectuase en nuestro país.  Aquello no era justo, porque si el congreso se iba a celebrar con anterioridad, independientemente del régimen social que existía aquí, pues también independientemente del régimen social que existiera aquí, era justo que se celebrara el congreso en Cuba.

Y hay que decir, como un reconocimiento a la actitud honesta e imparcial de los dirigentes de la Unión Internacional de Arquitectos, que se cumplió con justicia el acuerdo inicial de efectuar en nuestro país el congreso (APLAUSOS).

Y esa era, sencillamente, la actitud correcta.

Nosotros sabemos perfectamente que la Unión Internacional de Arquitectos es una organización de carácter técnico. Nosotros sabemos perfectamente que en esa organización de carácter técnico, se agrupan arquitectos de todos los países, de todas las creencias, de todas las ideas. Y por eso, nosotros consideramos como parte esencial del sentimiento y de los deberes de la hospitalidad nuestra para con los miembros del congreso, el más absoluto respeto a esas realidades, a ese carácter técnico de la organización y del congreso. Y que en definitiva, puesto que el congreso y la Unión Internacional de Arquitectos han mantenido ese carácter apolítico al efectuar en nuestro país el congreso, nosotros no podemos menos que ser recíprocos.

No les voy a decir que resulte fácil para cualquiera de nosotros clausurar un acto, un evento de esta naturaleza y ceñirnos estrictamente a las cuestiones técnicas, por una razón: porque es que nosotros no somos arquitectos (APLAUSOS). Pues en todo caso, si somos arquitectos, somos arquitectos de una sociedad y de un mundo nuevo (APLAUSOS) —si ustedes nos permiten utilizar esa bella palabra de “arquitecto” (APLAUSOS).

La otra paradoja es que como revolucionarios, debemos hablar como revolucionarios, allí donde se van a tratar cuestiones propiamente políticas y propiamente cuestiones revolucionarias y no cuestiones técnicas.

Por eso vamos a tratar, dentro de una cámara —yo diría en que extraigamos todo el aire de la política, todo el que se puede extraer (RISAS)— de hacer algunas consideraciones sobre las partes técnicas desde el punto de vista que nos interesa a nosotros.

En primer lugar, nosotros estamos muy reconocidos con la Unión Internacional de Arquitectos y con todos los participantes al congreso, porque para nuestro país ha sido un gran honor. Y ustedes habrán podido observar, cómo se ha esmerado nuestro pueblo en colaborar con todo su entusiasmo y con el mayor interés a darle brillantez, a darle alegría, a darle un ambiente acogedor al congreso.

En realidad, puede decirse que todos han trabajado mucho y durante mucho tiempo. Nuestros arquitectos, nuestros trabajadores de la construcción, nuestros trabajadores gastronómicos, nuestros estudiantes (APLAUSOS). En fin todos se han esforzado el máximo para brindarles un ambiente acogedor, fraternal y hospitalario.

Y para nosotros ha sido motivo de satisfacción ver esta reacción de nuestro pueblo para con el congreso, y saber que todos han hecho el mayor esfuerzo. Ver, incluso, cómo se movilizaron las escuelas y cómo los problemas de la traducción, de los guías, fue resuelto por una de nuestras escuelas de idiomas (APLAUSOS), y aun para nosotros mismos ha sido sorprendente saber que han cumplido su misión con éxito.

Pero además, este congreso dejará en nuestro país un saldo muy positivo. Independientemente de todas las conclusiones, independientemente de todos los informes, de todos los valores técnicos que estarán a nuestro alcance con motivo de este congreso, está el hecho de que nuestros arquitectos han reaccionado y han demostrado un interés extraordinario y una extraordinaria preocupación por todas estas cuestiones que tienen que ver con su profesión, con su dedicación.

Es decir, que ha servido de estímulo a todos nuestros arquitectos.

Hay algo más, lo voy a decir con toda franqueza:  nunca habíamos visto a nuestros arquitectos trabajar tanto como han trabajado con motivo de este congreso (APLAUSOS); y a veces nosotros nos decíamos: ¡ Si todo el tiempo trabajaran así ! (RISAS.) Si siempre lograran construir con tanta eficiencia, con tanta rapidez y con tanta belleza como han construido en estos días (APLAUSOS). Empezaron a surgir grúas por todas partes, construyeron un edificio en tiempo récord, comenzaron a aparecer árboles por todas partes (RISAS); y no les voy a decir que nosotros no sembremos árboles, en realidad hemos sembrado muchos árboles, cientos de millones de árboles, pero no en las ciudades. Y, desde luego, sentíamos realmente que había cierto descuido en las cuestiones que se refieren al embellecimiento y a las áreas verdes de la ciudad.
Y en realidad, si algo necesitan nuestras ciudades, es áreas verdes.

Entonces nosotros les preguntábamos a los compañeros que estaban en la organización del congreso, si estaban sembrando los árboles para el congreso. Y ellos decían: no, es con motivo del congreso, pero no es para el congreso.

Pero en realidad nos han demostrado de lo que son capaces, cuando son estimulados por un sentimiento como este, por un deseo como este, de brindarles a ustedes la mayor acogida, y de brindarles a ustedes la mejor impresión.

No ha sido una actitud astuta de nuestros organizadores, sino que lo hicieron en realidad guiados por ese sentimiento. Yo no los estoy descubriendo aquí (RISAS), yo digo que no se habían sembrado antes suficientes árboles, y aprovecho la oportunidad del congreso para ver si ellos se comprometen a prestarles más atención al problema de las áreas verdes y de los árboles (APLAUSOS).  Y yo estoy seguro de que ellos responderán a esa especie de compromiso que han hecho aquí, esta vez (RISAS).

Todo esto tiene mucho que ver con los problemas que nosotros debemos resolver. Hablábamos de las áreas verdes; posiblemente no haya nada más espantoso que una ciudad sin árboles, ya no voy a decir más insalubre, porque se sabe la función que las plantas llenan para purificar el aire, sino ya desde un punto de vista puramente ambiental, estético, no hay nada más horrible que una ciudad sin árboles, que se convierta en un amasijo de cemento y de hierro.
Desgraciadamente, en nuestra capital ni los parques tenían árboles, porque hasta los parques eran de cemento.  Y no podía ser de otra manera.  ¿Quién se iba a interesar en sembrar árboles?  Solo podía preocuparse por el problema de los árboles si se parte de una concepción del interés, social, del interés colectivo.  Si cada metro cuadrado de tierra en las grandes ciudades vale más y más cada año, ¿quién va a dedicar esa tierra a sembrar árboles?  No solo en los repartos, en las zonas urbanas existentes, sino en las nuevas zonas urbanas que se desarrollaban, todo estaba parcelado, todo estaba dividido, a tanto el metro, y no quedaba absolutamente nada para las áreas verdes.

Nosotros teníamos unas pocas zonas de áreas verdes:  un lugarcito a orillas del río Almendares, que está al oeste de la capital —ustedes deben haber cruzado por ahí ya—, que se llamaba el Bosque de La Habana.  Ustedes dicen:  “Vamos a ver el Bosque de La Habana”, y se encuentran que es la orilla de un río, de un arroyo, no de un río.  Algunas zonas floridas en la Quinta Avenida.  La Quinta Avenida nuestra era la avenida que iba por el reparto de la gente que tenia recursos económicos elevados y se construían allí sus viviendas.

Cuando el poder público intervenía para hacer una avenida bonita, no la hacía propiamente en zonas humildes de la ciudad:  todas aquellas inversiones en las avenidas, cuando se construía alguna, se construían exclusivamente en las áreas donde vivía la gente rica.

Fuera de eso, en nuestra capital prácticamente no había un árbol.  Esa es la situación igual en los demás pueblos del país; era una situación igual incluso en nuestros campos.  La guerra contra el árbol se llevó aquí a tales extremos, que nuestra isla era toda una alfombra de bosques de las mejores maderas, estimadas en todas partes del mundo, y es preciso que se sepa que esa madera sirvió de combustible a los primeros centrales azucareros que se construyeron en Cuba.
Esa era la situación de nuestra ciudad, de nuestras ciudades.  Con la tierra se especulaba, como se especula en muchas partes:  se adquirían determinadas fincas suburbanas, se construían después algunas obras públicas y se hacían enormes fortunas simplemente con la cuestión de la especulación con el terreno.  Y entonces un metro cuadrado valía 20, 30, 40 pesos.

Había otros problemas con relación a la vivienda:  era cara, la construcción de edificios de apartamentos era uno de los negocios más lucrativos y más seguros, porque era una inversión que garantizaba una renta determinada; se construía para determinados niveles:  allí donde la oferta y la demanda de los apartamentos o de las viviendas permitía mantener alquileres muy altos.  Cualquier apartamento de dos habitaciones costaba 80 pesos mensuales, o 100 pesos mensuales.  No había ningún interés, no había ningún programa público de construcción de viviendas.

Nosotros no habríamos podido afrontar o empezar siquiera a resolver ese problema, si no partíamos de una concepción distinta.  El problema de la vivienda es un problema fundamental.  Se dice que en los primeros tiempos, por ejemplo, ciertos servicios, como el de correos, eran privados; ciertos servicios como las carreteras y los puentes eran privados, hasta que fueron pasando poco a poco y se convirtieron en instituciones de carácter público de uso general.  Una de las necesidades fundamentales del ciudadano es la vivienda; luego, uno de los deberes fundamentales del Estado es satisfacer esa necesidad de la vivienda, ya no en un Estado socialista, incluso de un Estado capitalista.

Y algunos estados capitalistas han estado haciendo esfuerzos por resolver el problema de la vivienda; es decir, que en algunos países ha ido adquiriendo el carácter de una necesidad social y el carácter de una función social, y de una obligación del Estado.

A nosotros no nos queda la menor duda —a nosotros— de que el camino que nosotros seguimos para resolver ese problema es el camino correcto.  La Revolución comenzó reduciendo el costo de la vivienda y, en consecuencia, se redujeron los alquileres; porque muchas familias pagaban hasta el 30% de sus ingresos en alquiler.  Naturalmente que una rebaja de alquileres no iba a estimular la construcción privada de viviendas.  Una medida de ese tipo requiere todas las demás medidas complementarias, y el Estado asumió esa obligación:  la obligación de resolver el problema de la vivienda como una necesidad fundamental de los ciudadanos.

Uno de los problemas actuales en nuestro país que se encontraría cualquier persona que viniera de la capital de un país capitalista, sería el resultarle muy difícil encontrar una vivienda.  Antes había muchas viviendas disponibles, 6 000, 8 000, 10 000 viviendas, que estaban siempre a disposición de quienes estuviesen dispuestos a pagar, los pocos que estaban en condiciones de pagar el alto alquiler por esas viviendas.  Hoy ese fondo no existe, sencillamente porque todas esas viviendas fueron entregadas a familias de trabajadores que las necesitaban (APLAUSOS).

Ese es uno de los problemas que tenemos que, desde luego, puede resultar irritante para aquellos que estaban en condiciones de pagar esas viviendas, que cuando querían mudarse se mudaban fácilmente, mientras muchas familias, la mayor parte de las familias, no podían moverse del lugar donde vivían.  Había, y hay, infinidad de familias numerosas viviendo en una sola habitación.  Nosotros habríamos querido resolver esas necesidades.

Desde luego que tenemos una limitación, y fue la limitación que nos encontramos cuando quisimos impulsar al máximo la construcción de viviendas, y esa limitación es el subdesarrollo económico.  Esa aspiración nuestra está limitada por la capacidad de nuestra industria de construcciones.  Y con una industria de construcciones no desarrollada, el número de viviendas que tenemos que construir está limitado por el desarrollo que tenia la industria de la construcción, por ejemplo, de los artículos sanitarios necesarios para las casas; la industria para la construcción de instalaciones eléctricas necesarias para las casas; las necesidades de distintos materiales que están limitados, cuya producción está limitada en nuestro país.

Luego, no puede resolverse el problema, ni aun cuando exista una voluntad firme y resuelta en ese sentido, hasta tanto la base, la industria básica de las construcciones no se desarrolle también.

En nuestros planes económicos están incluidas las industrias relacionadas con la construcción, nuevas plantas de cemento, nuevas fábricas de objetos sanitarios, ampliaciones en nuestra capacidad de producción de los demás materiales que necesitan las viviendas.  Y esa es nuestra limitación actual.

La Revolución naturalmente que desde el primer instante comenzó a desarrollar un programa de construcción de viviendas en la ciudad y en el campo.  Debemos confesar que fuimos también algo subjetivistas.  En los primeros tiempos, en los primeros años de la Revolución, muchas veces confundíamos las realidades con nuestros deseos.

Y así, comenzamos a construir viviendas hasta que nos fuimos encontrando con la realidad de las limitaciones de la capacidad industrial instalada para los elementos materiales que se necesitaban.

Algunas de nuestras viviendas son un exponente de los sueños de los primeros meses de la Revolución.  Algunas de ellas podría decirse que eran, incluso, fastuosas.  Si se quiere una prueba de nuestros sueños iniciales, baste decir que en una ocasión llegamos a una granja, a una granja del pueblo —es decir, una empresa agrícola estatal—  donde se había decidido construir casas para todos los trabajadores.  Y algunos trabajadores del campo se nos acercaron, y nos dijeron:  “Miren, nosotros preferiríamos que las casas no estuvieran juntas, porque nosotros estamos acostumbrados a vivir separados, y después nuestras mujeres van a tener discusiones, nuestros muchachos van a tener también discusiones; miren:  nosotros vivimos más tranquilos; queremos las casas, pero las queremos separadas.”

Y entonces nosotros dijimos:  bueno, esta gente quiere las casas separadas; vamos a tomar esta región aquí  y vamos a hacer el pueblito con las casas separadas.  Por cierto, era una zona de ondulaciones, de colinas.  Se hizo el plan del pueblo, las casas distantes unas de otras; estaban repartidas en unas 50 hectáreas más de 100 casas.

Las casas fueron un día terminadas, resultó un poblado precioso, un verdadero sueño, tanto por la arquitectura como por las formas en que estaban distribuidas; pero el problema fue cuando nos pusimos a analizar cuáles eran los costos de aquellas construcciones.  Y entonces en las instalaciones eléctricas se triplicaban o cuadruplicaban los costos; las instalaciones de agua se hacían también costosísimas.  Y, en fin, resultaba evidente que no podíamos seguir haciendo aquella clase de pueblo, aunque aquellos pueblos eran realmente preciosos.  Y esas son las realidades.

¿Qué tipo de pueblos estábamos construyendo nosotros?  ¿Los pueblos que podía construir un país subdesarrollado?  No, estábamos construyendo los pueblos que posiblemente podamos construir dentro de 30 años.  Pero no respondía esa concepción a nuestras realidades actuales.

Y nosotros simplemente habíamos querido complacer, satisfacer aquel sentimiento, un poco así de aislamiento, ese deseo de vivir aislado que tiene el hombre de campo.

Claro que más tarde descubrimos otras cosas:  se hicieron pueblos donde las casas no estaban separadas en 10 hectáreas, sino pueblos bonitos, con áreas verdes, pero que las casas estaban contiguas; incluso algunas eran de dos pisos.  Y cuando el pueblo se terminó, todos aquellos campesinos, todos aquellos trabajadores agrícolas, hombres del campo, fueron encantados a vivir para aquel pueblo, cuando vieron la luz eléctrica, el agua corriente y todas aquellas ventajas; la escuela situada en el medio del pueblo, la tienda; cuando vieron todas aquellas ventajas, fueron encantados a vivir para el pueblo, y nos dimos cuenta de que dadas las condiciones actuales cualquier unidad de viviendas que reúna un mínimo de requisitos constituye realmente una solución grandísima desde muchos puntos de vista para los problemas de vivienda que tienen los campesinos.

Los campesinos suelen vivir en bohíos aislados, no tienen agua corriente, no tienen luz eléctrica, la escuela suele quedar distante de los niños; y, además, las condiciones higiénicas imprescindibles faltan, lo cual es motivo de enfermedades, de epidemias.

Pero aun esos pueblos de que les hablo resultaban también demasiado bonitos.  Y nosotros entonces tendríamos que enfrentarnos a este problema:  o seguimos haciendo casas de tal tipo a tal costo, y acabaremos de resolver el problema dentro de 30 años, o nosotros construimos casas más modestas y tratamos de resolver el problema en el término de 8 ó 10 años.

¿Qué había que hacer?  Claro que a nosotros nos habrían gustado las casas bonitas aquellas, más grandes, más cómodas, más confortables, pero eran más costosas; estaban también fuera de nuestras realidades.

Y así  hemos ido nosotros tratando de lograr un ajuste entre nuestros deseos y nuestras realidades.  No hemos abandonado en ningún instante la aspiración de que las casas, por pequeñas y económicas que sean, resulten funcionales y resulten agradables; nosotros no hemos abandonado en ningún instante el sentido estético mínimo que entendemos que deben tener las viviendas.

¿Por qué?  Porque puede ocurrir, si nosotros no nos preocupamos por eso, que hagamos ahora muchas, muchas casas, resolvamos de inmediato el problema sin consideración al aspecto estético, sin consideración a las formas, y entonces algún día tuviéramos un estándar más alto, un desarrollo económico mayor, y entonces cuando miremos hacia atrás, digamos:  bueno, ¿qué hacemos con todas estas casas que ya no responden a nuestras posibilidades actuales?

Desde luego que es imprescindible, si tenemos en cuenta las realidades, atender a tres criterios:  que las viviendas sean funcionales, que las viviendas sean económicas y que las viviendas sean agradables. Esos son los tres criterios a los cuales nosotros debemos atenernos.  Y estamos trabajando.  Incluso, llegó un instante en que se nos planteaba el problema de muchas casas sin terminar, y se llegó al acuerdo de hacer un esfuerzo por la terminación de todas esas casas, y mientras tanto se trabajaba en una serie de proyectos para hacer determinados tipos de unidades de viviendas, para el campo y para la ciudad, que satisficiesen esos tres requisitos de que les hablaba.

Con el desarrollo de la Revolución, incluso hemos visto que surgen nuevas necesidades.  Al principio nosotros hacíamos las casas con una cocina grande, un comedor, todas esas cosas; pero después, a medida que la Revolución se desarrollaba, se desarrollaba nuestra agricultura —por ejemplo—, comenzábamos a observar la necesidad de que se fuesen incorporando el mayor número de personas al trabajo; y había muchas actividades en las cuales podían participar las mujeres de los trabajadores agrícolas, tales como recogida de algodón, y una serie de actividades agrícolas a las cuales se iban incorporando.  Pero tenían un gran inconveniente:  las familias campesinas suelen ser numerosas, los hijos tienen que atenderlos.  De donde surgió la necesidad de establecer los comedores en esos pueblos; los comedores, y además los círculos infantiles, es decir, las creches, los sitios donde enviar los niños pequeños que no están yendo todavía a la escuela; los comedores en las escuelas, los comedores para trabajadores, los círculos infantiles, y otros servicios comunes, como es —por ejemplo— el lavado de la ropa.

Porque, de lo contrario, se ven obligadas las mujeres a ocuparse por entero de esas tareas, no se pueden dedicar a la producción y elevar el nivel de vida familiar, es decir, el ingreso familiar.

A medida que la Revolución se ha ido desarrollando, nos ha ido enseñando una serie de experiencias, y nos ha ido planteando una serie de problemas prácticos a resolver, tanto en la vivienda urbana como en la vivienda campesina.

Si ustedes quieren ver uno de nuestros sueños en materia de construcción urbana, pueden ir a La Habana del Este.  Ahí  también, en los primeros tiempos de la Revolución, incurrimos en algunos sueños.

¿Cómo debe ser una unidad urbana?, nos decíamos nosotros.  Pues debe tener las viviendas, debe tener los servicios comunales, debe tener allí  las escuelas, debe tener allí los círculos infantiles, debe tener allí  los círculos sociales, debe tener las áreas de recreación, las áreas de deporte, todas esas cosas.  Pero, además, ¿cómo vamos a hacer ese pueblo o esas zonas con los edificios todos de la misma altura?  No, hay que hacer unos cuantos edificios que se destaquen sobre los demás —nos dijimos nosotros—; y así  se empezó a construir y se construyó esa unidad.  Y, en realidad, puede decirse que esa unidad es el ideal, desde nuestro punto de vista, de las construcciones y de la vivienda urbana; incluso que no pasaran las calles por entre las casas.  Y se estableció que las calles dieran propiamente la vuelta a la casa; ninguna calle atraviesa las manzanas, lo cual brinda más garantía a los niños, más seguridades a los niños.  Si se hace un cálculo estadístico de la cantidad de niños que mueren víctima de accidentes por vehículos, pues se verían las ventajas.

Pero también resultaba ser un tipo de construcción que estaba por encima de nuestras posibilidades económicas, porque después empezaron a surgir los problemas de los elevadores; cuántos  elevadores hacen falta, aquí no se construyen elevadores, hay que importar los elevadores, de dónde se importan, cuánto cuestan.  Bueno, pues tantas divisas tenemos que gastar; pero es que las divisas las necesitábamos para otra cosa más urgente.  Y entonces, naturalmente, ya no hacemos esos edificios grandes.  Ahora procuramos encontrar la variedad de otra forma, pero no haciendo edificios hacia arriba (APLAUSOS).

Las realidades nos han ido enseñando.  Claro está que a nosotros nos habría gustado construir decenas y decenas de barrios como ese, cientos de miles de casas como esas, y con cuánto orgullo no exhibiríamos nosotros, como obra de la Revolución, soluciones de ese tipo.  Pero estaban fuera del alcance de nuestras realidades.

Nosotros, aparentemente, nos habíamos olvidado de que éramos un país subdesarrollado, nos habíamos olvidado de esa tremenda limitación.  Claro, que si nuestro país hubiese tenido un alto desarrollo industrial, para nosotros sería mucho más fácil todo ahora.  Cuando acusan...  Y no vayan a creer ustedes que yo quiero de todas formas hablar de política aquí, yo trato de hablar lo menos posible de política (APLAUSOS).  Pero a veces nos impugnan y dicen:  “¿Qué han hecho esta gente, qué han hecho esta gente?  Hay racionamiento, hay esto, hay lo otro, falta esto, falta lo otro, falta todo.”  Y entonces se hace esa campaña contra nosotros, y en realidad hay que ver lo que significa ser un país subdesarrollado.  Y claro está que un país no se desarrolla en un par de años ni en cinco años, realmente no vale empezar a hacer un análisis crítico de lo que la Revolución ha hecho y mucho menos comparar nuestro standard con el de un país industrializado.

Alguien me hablaba de que decían que había disminuido el per cápita en Cuba después de la Revolución.  Yo le decía:  mire, hay dos per cápita, hay un per cápita en una sociedad capitalista, yo diría un per cápita burgués y un per cápita proletario.  Es curioso, porque hay ciertas cifras que se manejan así y engañan a cualquiera (RISAS), o confunden a cualquiera (APLAUSOS).  Hay un per cápita, hay que decirse: per cápita, carne 35 libras, azúcar 60 libras —kilos si ustedes quieren—, leche tanto y así sucesivamente.  Pero ese per cápita significa que unos tienen cero en el per cápita, ese es el per cápita (APLAUSOS), dentro de ese per cápita que es suponiendo que todo se repartiera por igual entre todos, pero esos repartos no ocurren más que en los datos estadísticos; pero resulta que uno tiene de per cápita 150 libras y otro 3 libras, 5 libras, 10 libras o cero libras.  Puede incluso ocurrir una reducción de un per cápita y que, sin embargo, la mayoría de las personas empiezan a tocar a más.  Yo respondía:  Si fuese cierto que nuestro per cápita hubiese disminuido después de la Revolución, que hubiese disminuido —como dicen ustedes—  un 25%, sería un gran triunfo de la Revolución, porque si solo hubiese disminuido un 25% en las condiciones de un bloqueo criminal contra nuestro país por parte de uno de los países más ricos y más poderosos del mundo (APLAUSOS), decía:  Eso, de todas formas sería un triunfo, pero, ¿y el per cápita moral?  Estados Unidos tiene, por ejemplo, un estándar de vida mucho más alto y un per cápita mucho más alto, ¿quién lo duda?, pero pregúntesele a un negro del sur de Estados Unidos el per cápita moral que le toca en aquella sociedad (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE:  “¡Fidel!”).

En nuestro país había un millón de analfabetos, ¿qué per cápita cultural le correspondía a esos ciudadanos?, ¿qué per cápita social, qué per cápita moral?  En nuestro país había más de 500 000 desempleados, ¿qué per cápita económico, social y moral les correspondía a esos ciudadanos?  Y cuando ustedes llegan y se encuentran a decenas y decenas de miles de jóvenes de humildísimo origen que jamás habrían podido estudiar en un instituto tecnológico, en una universidad, pregúntenles cuál era el per cápita moral que tenían antes y cuál es el que tienen ahora (APLAUSOS).  Y cuando se le pregunta a cualquier enfermo, en cualquiera de los nuevos hospitales que no tienen nada que envidiarle a los mejores hospitales privados de los tiempos pasados, y allí se salva una vida, o cuando se realiza una campaña contra la poliomielitis y se salvan de la invalidez cientos de niños todos los años, o miles y miles de niños salvan su vida gracias a una eficaz campaña de salubridad, y cuando todo el mundo tiene la oportunidad de crecer, educarse, desarrollar toda su vocación y toda su inteligencia y tiene ante sí todos los honores y todas las responsabilidades y el destino que solo el mérito, el cumplimiento del deber y el trabajo, no la herencia, no el privilegio, sean capaces de dar (APLAUSOS PROLONGADOS).  Entonces es cuando hay que preguntarse cuál es el per cápita; mas, desde luego que nosotros no nos conformaremos con per cápita morales, porque nuestros per cápita morales tienen que cimentarse sobre nuestros per cápita materiales, porque necesitamos recursos precisamente para todo eso (APLAUSOS).  Y en eso estamos (RISAS).

Se leían aquí las cifras sobre el número de médicos que tenemos por millar de habitantes; un médico por algo más de un millar de habitantes.  Pues bien, si se ve cómo marcha nuestra universidad, nuestra Escuela de Medicina, los cursos de pre-médico (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES) —parece que hay médicos por allá arriba, estudiantes de medicina—, el número de alumnos que ingresan y que ingresaron este año, el año anterior, el próximo año; el número de alumnos que están en las escuelas secundarias y en las preuniversitarias, ya entonces el per cápita de médicos por habitante en Cuba no habrá que contarlos, cuántos médicos cada 6 000, un médico cada 6 000, sino que anualmente, anualmente graduaremos un médico por cada 6 000, anualmente (APLAUSOS).  Y no solo vamos a hacer eso, sino que vamos a graduar también ingenieros y arquitectos en proporción similar (APLAUSOS).

Y eso no se lo podrá arrebatar nadie a nuestro pueblo; esa satisfacción y los frutos del esfuerzo que hoy se está haciendo nadie se los podrá arrebatar a nuestro pueblo, porque se habla de industrialización, pero yo hago una pregunta:  ¿Qué industrialización puede haber en un país de analfabetos?  ¿Qué industrialización puede haber en un país con un 70% y un 80% de analfabetos?, si para manejar cualquier instrumento de trabajo moderno, para construir empresas de todos tipos, para manejar la maquinaria moderna, se necesita un nivel técnico, se necesitan decenas y decenas de miles de técnicos de distintos niveles, ¿cómo puede haber industrialización si no existe la base de la preparación técnica elemental en el pueblo?  Y claro, a nosotros no nos podrán preguntar si ya nos hemos industrializado, pero nosotros podemos decir que estamos creando las bases para la industrialización.

Y cuando liquidamos el analfabetismo y cuando le dimos un extraordinario impulso a nuestra educación, desde el momento en que nosotros podemos decir que en la enseñanza secundaria tenemos más de 200 000 jóvenes, un país que pueda decir eso, no importa que sea un país subdesarrollado, no importa que se le trate de aislar, de cercar, se mienta acerca de ese país, se calumnie ese país, no importa; no están muy lejos los tiempos en que ese país comenzará a recoger los frutos de lo que está haciendo hoy (APLAUSOS).

Tenemos en realidad una preocupación fundamental por las necesidades del pueblo, una conciencia muy clara de cuáles son esas limitaciones, y son muchas.  Sufrimos cuando vemos un bohío, sufrimos cuando vemos todavía zonas que eran de los llamados barrios de indigentes, sufrimos cuando vemos que el número de construcciones que hacemos no alcanza a satisfacer las necesidades ya existentes, a las cuales se suman las nuevas necesidades.  Y nos urge apresurar el instante, el momento en que tengamos condiciones para elevar el ritmo de nuestras construcciones.  Hay que tener en cuenta, aun cuando sean grandes nuestras necesidades de viviendas, son también muy grandes nuestras necesidades de escuela, a pesar de que en los antiguos cuarteles hoy estudian más de 50 000 estudiantes (APLAUSOS), a pesar de que el Ministerio de Educación ha recibido infinidad de edificios y se han construido muchos edificios, cuántas escuelitas todavía están en bohíos o en casas viejas.  Y cómo llegan las peticiones de los vecinos y de los familiares de los niños pidiendo una escuela nueva, pidiendo un local.

Y, en realidad, no es el Estado revolucionario una especie de mago que pueda sacar del sombrero todas esas escuelas.

Cuántas las necesidades que tenemos todavía de otros servicios y, sobre todo, cuántas las necesidades que tenemos de fábricas, fábricas indispensables.  Porque, incluso, para empezar a resolver el problema de la vivienda se puede decir que hay que empezar por resolver primero el problema de la industria de las construcciones.

Y en eso tenemos que invertir nuestros recursos, en eso tenemos que invertir nuestros equipos, en eso tenemos que invertir el trabajo de nuestros técnicos.  Tenemos que invertir recursos y equipos en las construcciones de obras hidráulicas, de represas, de acueductos, de redes de distribución.

Actualmente, en nuestra capital que es una ciudad gigantesca dado el tamaño de nuestro país...  Si nosotros hubiésemos tenido en nuestras manos el fundar la ciudad de La Habana la habríamos fundado, realmente en otro sitio, o no habríamos permitido que esta ciudad creciera tanto.  Porque esta ciudad ha crecido tanto, que realmente la solución, por ejemplo, de algunos problemas como el del agua, resultan difíciles, resultan serios, resultan graves.  Ha crecido La Habana, han crecido los pueblos de los alrededores, se han unido.  Y el ancho de esta provincia, que no tiene ríos, es de unos 50 ó 60 kilómetros.  Y los mantos freáticos solo pueden ser aprovechados hasta determinados límites, a fin de evitar la penetración de agua salada en esos mantos.

Y nos encontramos ante el problema de una gran ciudad que necesita agua para sus habitantes, agua para sus industrias, y que tiene grandes limitaciones, porque no tiene ríos; tiene que abastecerse de la capa subterránea de agua, de la cual, a su vez, se abastecen muchos de los centros agrícolas existentes, centros abastecedores de frutos, abastecedores de leche.  Y si enfrentamos esa dificultad, esa dificultad la enfrentan muchos pueblos también de nuestro país.

Y quién sabe cuáles puedan ser las soluciones futuras.  Y en eso están trabajando.  Redes de distribución viejísimas, que tienen 40 y 50 años, donde se desperdicia un porcentaje alto de agua.  Cuántos y cuántos problemas tenemos los pueblos no desarrollados económicamente; cuántos y cuántos problemas los pueblos que no tuvieron oportunidad de trazarse un camino, de construir su futuro.

Y, ¿qué hicimos en los 60 años de república?  Porque, en realidad, en realidad, ¿por qué es que habíamos de tener un millón de analfabetos?, ¿por qué habíamos de tener tantos problemas?  Problemas que, desde luego, en el transcurso de los años no existirán en el futuro.

Porque fue solo muy reciente cuando este pueblo tuvo la oportunidad de empezar a trabajar para su futuro.  Y fue solo muy reciente cuando se acabaron los saqueadores y los explotadores en nuestro país (APLAUSOS).

Y con todo respeto para las opiniones de todos, con todo respeto para las opiniones de todos, ¡nosotros solo pedimos respeto para nuestras opiniones y respeto para nuestro derecho a construir ese futuro! (APLAUSOS).

Otros países han alcanzado un gran desarrollo técnico.  Pero la inmensa mayoría de los pueblos del mundo no tuvieron esa oportunidad.  Y solo es muy reciente cuando comenzó a crearse una conciencia universal; y solo muy reciente, incluso, comenzó a cambiarse el lenguaje con que se trataba a los pueblos; y solo muy reciente se empezó a hablar de las necesidades de los países subdesarrollados, que hasta muy reciente solo fueron fuentes de materia prima y mercado de mano de obra barata, que contribuyeron al enriquecimiento, no del país donde se trabajaba y no de los que trabajaban. 
Porque aquí mismo, en este continente, hoy se escuchan otras palabras, ciertas palabras que entrañan tal vez muy fingidos sentimientos, pero que no se escuchaban antes.

Y hoy se habla de la América Latina, del progreso de la América Latina, de la situación crítica de la América Latina.  Antes no se hablaba de la América Latina más que del lugar donde se podía ir a invertir, garantizado el capital por el espadón tal o el espadón más cual.

Y ese lenguaje, ese nuevo lenguaje se comenzó a hablar a partir de un día.  ¿Saben a partir de cuándo?  ¡A partir del triunfo de la Revolución Cubana!  (APLAUSOS PROLONGADOS).

Y creo que eso no lo puede negar nadie, ¡nadie!  Y esta Revolución tan calumniada ha tenido la virtud de hacer cambiar el lenguaje de los poderosos explotadores de este continente, aunque lo que se exprese en el nuevo lenguaje carezca por completo de eficacia y de sinceridad.

No sé si me habré excedido en mis funciones (RISAS Y APLAUSOS).  No sé si me he apartado de la arquitectura (RISAS).  Pero no era esa ni mucho menos mi intención, sino la necesidad de expresarles de alguna forma nuestros sentimientos, la necesidad de hacer un esfuerzo porque nos comprendan, y dado que, en realidad, es tan inevitable la conexión entre unos problemas y otros problemas.  Es tan grande la relación entre los problemas económicos, los problemas sociales y los problemas técnicos, que resulta casi inescapable hacer alguna referencia y alguna alusión a estas cuestiones.  Que quizás ayuden aun a los que no piensan como nosotros, por lo menos, a comprendernos a nosotros; a que se tenga una visión justa, por lo menos, de nuestros problemas:  qué hacemos, qué hacemos por el pueblo, y qué hacemos por la arquitectura.

Porque hacemos y queremos hacer y deseamos hacer infinitamente más de lo que hemos hecho.  Y nuestros arquitectos trabajarán, no solo nuestros entusiastas arquitectos que ya están graduados y trabajando, sino también los 400 estudiantes de arquitectura que están en nuestras universidades, y los miles de arquitectos que ingresarán en nuestras universidades de la gran masa que hoy está en las escuelas secundarias.

Hay razones más que sobradas para sentirnos optimistas y hay razones más que sobradas para sentirnos seguros de que Cuba no se quedará atrás en el campo de la arquitectura, de que Cuba no se quedará atrás en el campo de las corrientes más modernas de la arquitectura y de la técnica más moderna de la arquitectura.

Nosotros estamos seguros de que en nuestro país existen condiciones favorables para que el actual nivel no solo se mantenga sino que avance y que se desarrolle.

Y el hecho de ustedes haber sido nuestros huéspedes unos días, de habernos hecho ese gran honor a todos nosotros, servirá para que de cuando en cuando se interesen por alguna noticia de Cuba, se interesen por saber cómo andan las cosas en Cuba, y se interesen por saber cómo anda la arquitectura en Cuba, qué están haciendo los estudiantes (APLAUSOS), qué están haciendo los arquitectos.

Y leerán, desde luego, muchas cosas; cuántas cosas se leen todos los días (RISAS).  ¡Pero no tienen importancia, no alteran el curso de la historia, no alteran la realidad pujante de nuestro pueblo y de nuestra vida, no alteran el futuro de nuestro pueblo ni el futuro de la humanidad!

En ocasión misma, con motivo de este congreso, algunas cosas se hicieron.  Se divulgaron campañas de que había surgido una epidemia de viruela en Cuba (RISAS).  Constantemente aparecen campañas de ese tipo para ver cómo asustan a la gente.  Y hay muchos parásitos dedicados a ese oficio de producir mentiras.  Desde luego, gente que nunca supo lo que era producir bienes materiales, y reciben su subsidio a base de calumniar a nuestra Revolución.  Pero no importa.

Leerán ustedes noticias de todos tipos; depende del periódico que abran (RISAS).  Y leerán cosas horribles; pero, de vez en cuando, les llegarán algunas noticias de cómo sigue la arquitectura en Cuba (RISAS).

Y nosotros podemos asegurarles, nosotros podemos asegurarles que siempre estaremos agradecidos y reconocidos de esta oportunidad, de este congreso; siempre estaremos reconocidos por la actitud honesta, realmente apolítica, demostrada precisamente viniendo a Cuba.  Porque si el congreso no se hubiese efectuado en Cuba, entonces no se podría decir que era apolítica la Unión Internacional de Arquitectos (APLAUSOS); es decir, si se hubiese suspendido con motivo de la Revolución.

Y así, se podrá celebrar otro día en otro país, en otro continente, también de una manera apolítica; quizás en todas partes donde ustedes se reúnan tendrán el mismo problema a la hora de la clausura del acto —porque alguien siempre lo clausura, invitan a alguien—, no vayan a creer que a nosotros nos gusta el oficio de estar clausurando actos, pero entendíamos un deber elemental, una cortesía elemental. Hoy nos tocó a nosotros, quizás otro día les toque a hombres que piensen absolutamente distinto que nosotros.  Y ustedes también estarán preocupados:  “¿Qué dirán aquí?”, porque vienen gentes de todas las ideas y de todas las opiniones y siempre tendrán ese pequeño inconveniente, a no ser que se establezca una república para congresos (APLAUSOS).

De todas formas, créannos que hemos hecho lo mejor de nuestro esfuerzo por colaborar con este evento; que nuestros compañeros arquitectos han trabajado extraordinariamente, que nuestro pueblo también.  Hemos hecho nuestro mejor esfuerzo por atenderlos como era nuestro deber atenderlos, como eran nuestros deseos atenderlos, y nuestros sentimientos fraternales de atenderlos.

Y esperamos que ese esfuerzo nuestro no haya defraudado el gesto de ustedes, la confianza de ustedes, al visitar a nuestro país.

Así que en nombre de nuestro pueblo les deseamos a ustedes, los arquitectos de todos los países, muchos éxitos en su trabajo; les deseamos a la Unión Internacional de Arquitectos también muchos éxitos en su esfuerzo de carácter técnico y universal —como ellos expresaron.  Y, ¡muchas gracias a todos!

¡ Patria o Muerte !

¡ Venceremos !

(OVACION)



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Dr. Ernesto Guevara

Discurso del en la Clausura del Encuentro Internacional 
de Profesores y Estudiantes de Arquitectura.

La Habana | 29 de septiembre  de 1963


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